Campo de pitayas

Había corrido tanto, que ya no sentía mis pies, solo las piedras incrustadas en mis dedos y la tierra hirviendo, tres kilómetros atrás había perdido los zapatos, en mi mente solo pasaba el mismo pensamiento “no pares, sigue corriendo”. No podía ver nada más que mis manos agarrando el vestido, y mis pies imparables sobre la tierra roja. Jadeando, mi piel sudando gotas rojizas por el polvo en mi cara, levanto la mirada, ahí estaba un enorme cactus verde incrustandose en mi frente, el dolor me hizo gritar “PU-TA MA-DRE”, el mismo reflejo de mi cuerpo fue el que me hizo irme de espaldas sobre otro montón de cactus lleno de pitayas, mi espalda ahora estaba llena de espinas, pobre Jesucristo, ahora puedo entender un par de cosas.


Hacía un calor infernal, me derretía cómo paleta de hielo al sol de Comala. No sé cómo llegué ahí, tenía un vestido blanco de tela lisa, pesada, ceñido a mi cintura, en mi mano un anillo dorado, corte esmeralda con una piedra del mismo nombre. 

Me rendí, solté el vestido, mis manos temblaban, el dolor era insoportable, ni las espinas sobre mi cuerpo dolían tanto, cerré los ojos y ahí estaba esa maldita imagen, ahí estaba él, su maldita cara. Lloré como el primer llanto de mi vida sobre los brazos de mi madre, solté el aire contenido en mi pecho que sostuve durante tantos años, ojalá me hubiese podido abrazar a mí misma, hundí mi cabeza sobre mis manos, estaban llenas de sangre y de lágrimas, me quedé en posición fetal esperando a que el dolor pasara y así poderme mover, eso no sucedió al menos en las siguientes horas.


Me desmayé.


Una extraña sensación me hizo abrir los ojos, una pinche gallina me estaba picoteando las orejas, solté un pequeño gemido que la espantó y salió corriendo. Me senté con las pocas fuerzas que me quedaban, moría de hambre, tome un par de pitayas, rosas mis favoritas, agarre una piedra para quitarles la cáscara, estaban exquisitas, calientes por el sol, pero dulces como la miel.


Me andaban buscando, gritaban un nombre, maldito nombre yo nunca quise que me llamaran Irma, pero así me andaban buscando, lo que no sabían es que como yo no era Irma pues nunca me iban a encontrar.


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