Luis y la 6ta ceiba.
Hace veinticinco años nació Luis, con los años se convirtió un hombrecito curioso, hambriento de historias. Un día caminaba por la playa, tenía una vara entre sus dedos y la arrastraba por la arena, así iba marcando su camino. De repente algo llamó su atención, un copo de algodón volaba sobre su cabeza, el viento lo movía continuamente, Luis trataba de alcanzarlo, pero se movía tanto, arriba, muy arriba, abajo, arriba, hasta que finalmente cayó en la arena, Luis lanzó la vara al agua y corrío rápidamente a donde el copo había caído, lo tomó entre sus pequeñas manos, el copo era tan suave, Así se sienten las nubes? se preguntó, observando fijamente al pequeño copo, notó que en el centro había algo,¿una piedrita? no,¿una joya? no, mejor aún, era una semilla.
Luis estaba tan contento, corrió y corrió, con la semilla bien agarrada de sus pequeñas manitas, era apenas el inicio del atardecer, ese día el cielo estaba azul, con unas pinceladas de rosa y naranja. Había un lugar que solo luís conocía, era un pequeño ojo de agua, para llegar a ese lugar tenía que atravesar un pequeño tramo de selva, él era un niño muy valiente, lleno de energía, amaba la naturaleza y la naturaleza lo amaba a él. Luis sabía que esa semilla era algo especial, tenía que sembrarla en un lugar igual de especial. El ojo de agua no era muy profundo, brillaba de noche y a su alrededor crecían toda clase de plantas, arboles, los animales saciaban su sed en aquellas aguas, y su temperatura se modificaba según Luis lo necesitaba, era un lugar mágico. Luis tomó la semilla, acerco sus labios y la besó, le dijo en tono dulce, -este será tu nuevo hogar-, caminó al centro del ojo de agua, y enterró la pequeña semilla.
Pasarón los años y la semilla que había sembrado aún no florecía, a pesar de no verla crecer, Luis iba al ojo del agua todos los días, quitaba la maleza, y cantaba con alegría a su pequeña semilla.
Era una noche de octubre, sin estrellas, con aire lúgubre. Luis no estaba en su mejor momento, el ánimo lo tenía anclado en suelo, y su pecho era una edificación de suspiros. Esa noche había decidido no ir al ojo de agua (por primera vez), pero algo, ese cosquilleo en las manos, esa agitación en su pecho, esa sed, lo llevaron a donde debía estar.
Arrastró los pies sobre la arena, con la esperanza mutilada en sus manos, atravesó la selva y llegó al ojo de agua, ahí todo estaba obscuro, el reflejo de la luna esa noche se olvidó de aquel espacio.
Se tiró en el suelo y comenzó a llorar, lloró con todas su heridas, con sus sueños rotos, con el alma fracturada. El agua comenzó a moverse, pero no había viento, la energía provenía de otro lado. Sus ojos inundados le impedían ver con claridad, secó sus lagrimas y ahí estaba, era una pequeña luz a la mitad del ojo de agua, Luis no podía creer lo que veía, la luz se acrecentaba e iluminaba todo a su alrededor, era su semilla. Había un silencio inquietante, pero también una paz que embriagaba al cuerpo, Luis experimentó una felicidad desconocida, como si el amor emanara de su propio ser.
La noche terminó, y cielo se iba esclareciendo con un amanecer inusitado.
Luis, se dirigió al centro del ojo de agua, cauteloso, asomó su cabeza, y ahí estaba un pequeño tallo, delicado como el ego mismo, ni siquiera pensó en tocarlo, su existencia le bastaba.
El pequeño tallo creció. Mientras Luis cortaba algunos mangos escuchó una voz, dulce y tenue, miró a su alrededor buscando el origen de aquel sonido, -Luis! -Exclamó la voz-. Esa voz le parecía familiar, pero nadie conocía aquel lugar y fue eso lo que le pareció más extraño. -Luis, aquí en el ojo de agua, !mirame! ya crecí, que bonita estoy, ¿verdad?. El corazón de Luis estaba por saltar desde su pecho, era la semillita floreciendo. -Semillita, por fin te atreviste a florecer, es verdad, estas de lo mas linda, ¿como te llamas?. Ella le respondió -Me llamo Ceiba, estuve viajando a través del tiempo hasta que por fin me encontraste. Luis estaba asombrado, él sabía que una ceiba no era cualquier tipo de planta, era conocido que el paraíso se encontraba donde nacía una ceiba, este majestuoso árbol simbolizaba el centro la de tierra, sus ramas conectaban con el cielo, así como las raíces con el inframundo. -Luis, elegí tus manos para sembrarme y tu amor para alimentarme, cuando tus manos me tomaron supe que estaba en el lugar correcto, ahora estoy lista para crecer y darte la sombra que tu agonía requiere para ser aliviada, seré tu soporte, y tu conexión con el universo, desde aquel día somos uno mismo, obtendras la bondad de la tierra, en relación a la bondad de tu corazón, fungiré como tu espejo, desde este momento tu única tarea es !vivir, vivir, vivir! Ceiba tenía la capacidad de florecer en el momento que ella quisiese, sin embargo sabía que Luis siendo un niño no entendería el significado de ella en su vida, para estar listo la tierra tendría que haber dado 25 vueltas al sol a partir de su nacimiento. En ese atardecer Luis cumplía su vigésima quinta vuelta.
La mente de Luis se esclareció, su cuerpo se distendió, se sentía como un algodón llevado por el viento, ese día Luis dejó de ser lo que le habían dicho que era, ese día Luis se convirtió en Luis, en la ceiba, en el mismo universo.
Este cuento es para ti, el hombre al que amo, celebro tu vida, le doy gracias al universo porque te encontré a través del tiempo, a pesar del mismo, es maravillosa tu existencia, haces de este mundo un lugar mejor, haces de mi alguien mejor.
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